Beto Ortiz comenta la salida de prision de Mateo Silva-Martinot

Beto Ortiz comenta la salida de prision de Mateo Silva-Martinot

José Mateo Silva-Martinot Durand y Roger Joel Aparicio Avendaño son dos jóvenes que tienen pocas cosas en común. Ambos son peruanos y ambos conocen la tragedia de vivir en una cárcel del Perú. Ahora, encontremos las diferencias.

El papá de Mateo es un ex ministro de Comercio Exterior y Turismo de este régimen. El papá de Roger es un albañil que hasta ahora no lo ha ido a visitar al Penal de Ancón II, donde vive hace dos años. Mateo tiene una camioneta 4×4 que le regaló su papi y con la que se va de juerga al boulevard de Asia. Roger solía manejar un mototaxi pirata. A Mateo lo defendió primero el muy mediático letrado Julio Rodríguez –que ha representado a personajes tan célebres como Eva Bracamonte, el alcalde Luis Castañeda, el ex ministro Aurelio Pastor y los dueños de la empresa Orión– y, en el tramo final, asumió su caso el muy influyente Estudio Roy Freire, ni más ni menos que el del padre de Roy Gates, el escudero de la primera dama. A Roger lo defiende un abogado de oficio, lo que, en este país, equivale a decir que no lo defiende nadie.

El 16 de febrero del 2010, un policía llamado César Aquino fue asaltado por cinco sujetos en la puerta de su casa en Independencia. Le robaron un celular, una cámara y 500 soles. Cuando los ladrones huyeron, el suboficial Aquino entró a buscar su revólver y salió corriendo hacia la avenida Túpac Amaru, dispuesto a atraparlos. En ese momento, Roger Aparicio pasaba por allí, con un amigo, rumbo a un puesto de hamburguesas. Lugar equivocado, momento equivocado. El policía Aquino lo confundió con uno de los rateros y lo golpeó en la cabeza con la cacha de su arma, diciéndole: “¡Ahora, róbame, pues!”. Luego, llegó un motorizado y se lo llevaron a la comisaría. En la denuncia, consignaron haberle requisado un cuchillo que no tenía. Como se negó a firmar, lo obligaron a poner su huella digital a la fuerza. De ahí lo pasaron a la Fiscalía Lo juzgaron. Le dieron libertad restringida con comparecencia. Tenía que acudir al juzgado todos los meses a firmar. Lo hizo durante dos años. Una noche de julio de 2013, le pidieron papeles en una batida en el parque 12 de Julio. El policía que lo intervino regresó del patrullero trayendo una horrible noticia: se había olvidado de ir a firmar y ahora tenía una requisitoria. Lo esposaron. El juez del Octavo Juzgado Penal de Lima Norte le preguntó si estaba estudiando, si tenía trabajo. Respondió que no. La abogada de oficio le aconsejó que era mejor que no insistiera en su inocencia, que era mejor que aceptara todo, caballero. Lo hizo. El juez agregó a los cargos de robo agravado uno de resistencia a la autoridad y lo condenó a diez años de prisión. Diez años. Hace unas semanas, Roger fue seleccionado para ser uno de los oradores centrales en un evento en el que la Biblioteca Nacional y el INPE anunciaron una alianza estratégica para promover la lectura entre los internos. Allí, emocionó al auditorio hablando de su amor por las novelas de Arguedas y de cómo leerlo en prisión le había servido para querer más a este Perú cuyas maravillas sueña poder recorrer algún día como mochilero, con un loro en el hombro.

En marzo de este año, Mateo Silva-Martinot pasó dos veces su camioneta Susuki por encima del cuerpo de Alejandro Ballón Siles, a la salida de una discoteca en Asia. Trató de fugarse. No auxilió a la persona que acababa de atropellar, dejándola en estado de coma. Se negó a pasar el dosaje etílico pese a que estaba notoriamente borracho. Lo metieron en la cárcel de Cañete. “¡No merece estar en la cárcel un chico que tiene familia, que estudia en la universidad, que tiene dos domicilios, que ha devuelto sus dos pasaportes!” –apostrofó el ilustre doctor Rodríguez ante las cámaras de un dominical en el prime-time de la televisión nacional– “¡Es un chico que podría ser mi hijo!”. Otro dominical le puso al reportaje el increíble título de “La pesadilla de Mateo” como si, en lugar de ser el atropellador, él hubiera sido la víctima. Cuando Mateo fue condenado a solo nueve meses de prisión efectiva por lesiones graves y resistencia a la autoridad, su padre exclamó, contrito, ante la prensa: “¡Cuánto siento haber sido ministro! ¡Hoy me arrepiento de haberlo sido! Es por eso que mi hijo hoy ha sido maltratado por la justicia peruana. Lamentablemente, la presión que hacen ustedes mediáticamente ha hecho que se tome una decisión que no es la correcta”. Algo repuesto de sus graves lesiones, Alejandro Ballón –la víctima– salió hace pocos días a los medios, a denunciar que el fiscal del caso, José Fiestas Jaramillo, había sido sospechosamente cambiado, que el ex ministro había contratado a los abogados de Nadine y que, en un extraño comunicado del Ministerio de Transportes, se establecía que, como Silva Martinot no se encontraba en la vía pública, sino en un estacionamiento, no cabía hablar de leyes de tránsito porque estas no rigen dentro de una propiedad privada. Para colmo de buena suerte, en Cañete ya está vigente el nuevo código procesal penal, por lo que los Silva-Martinot pudieron agilizar el proceso aplicando la figura de terminación anticipada y arreglando con el agraviado que, una vez acordado el pago de 300 mil soles de reparación civil, se olvidó de toditas las dudas que lo atormentaban.

Mateo cumplió apenas seis de los nueve meses de cárcel que le impusieron y no podrá manejar autos en los cuatro años que dure su “pena suspendida”. Roger, en cambio, seguirá encerrado con otros siete reos en una misma celda. El papá de Mateo tiene excelentes relaciones y contactos en las altas esferas. El papá de Roger, no. Dejémonos de cojudeces y digámoslo en cristiano: Mateo es pituco, Roger es misio. Mateo es gringo, Roger es cholo. ¿Epílogo de la historia? El de toda la vida: Mateo tuvo acceso a la súper VIP justicia express y ya está libre. Roger fue juzgado por la justicia ordinaria y está preso: “Cuando me sentenciaron, yo quería decir que diez años era demasiado y encima por algo que, en verdad, no hice, pero, en ese momento, el mundo se me vino encima y me quedé callado. No quiero que eso me vuelva a pasar, quiero aprender a defenderme en este país donde el de arriba aplasta al de abajo”. Roger seguirá preso hasta octubre del año 2023. Para entonces tendrá treinta y cinco años y una vida hecha mierda por ese mismo país al que –injustamente– sigue amando.