LAS MUERTES DEL CLAN: UN TESTIMONIO REVELADOR

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La historia del Consorcio Líder Azucarero del Norte –más conocido como “el CLAN”- ha dejado un reguero de muerte, violencia y conflicto en Lambayeque, haciendo digno honor a su nombre. Sus cabezas más notorias –Olivio Huancaruna Perales, Ernesto Flores Vílchez y Carlos Roncal Miñano- han sido investigados por múltiples delitos, incluyendo fraude, apropiación ilícita, narcotráfico, lavado de activos, sicariato y asesinato, incluyendo la muerte del ex administrador de Agropucalá, Fernando Arbulú Roca. Sin embargo, todos ellos –salvo Carlos Roncal, hoy prófugo de la justicia por estar presuntamente involucrado en la muerte del auditor de la SUNAT,  Luis Cieza Herrera– han salido libres de polvo y paja de todas estas acusaciones. Hasta ahora.

Los testimonios que se presentan en el siguiente informe develan, de fuente directa y fidedigna, cómo se produjeron muchos de los delitos cometidos por el CLAN, especialmente las muertes de Arbulú Roca, Cieza Herrera y otros que cometieron el error de enfrentarse a este grupo criminal, muertes las que estarían involucrados directamente Ernesto Flores Vílchez y Olivio Huancaruna. El testimonio es brindado por tres personas que formaron parte durante varios años de la “guardia pretoriana” de Ernesto Flores Vílchez, conocidos como “Los Zorros”, cuya función era brindar protección a éste y a sus allegados, encabezar los ataques y enfrentamientos armados, sobornar a policías, jueces y fiscales, y cometer atentados y otros delitos ordenados directamente por aquél para mantener el control sobre Pucalá y sus otros negocios.

Estos testimonios permitirán, entonces, no solo conocer el modus operandi mafioso de los miembros del CLAN, sino también aclarar diversos asesinatos que han permanecido “irresueltos” por las autoridades policiales y judiciales, como los de Luis Carhuajulca, alias “Luchín”, manteniendo la impunidad de sus verdaderos autores. Debido a la gravedad de los hechos narrados, y a la colaboración eficaz que estas personas vienen brindando en las investigaciones de estos hechos, su identidad será mantenida en reserva.

Los Zorros en acción

Cuando uno visita Tumán, Pucalá o Pátapo puede encontrar, cuando el calor baja y la gente sale a pasear, a grupos de jóvenes conversando alrededor de una cerveza, jugando fútbol o silbando chicas, al igual que ocurre en otros pueblos del país. Sin embargo, cuando uno puede escuchar las historias de vida de estos muchachos puede terminar aterrado, porque muchas veces sus relatos parecen más propios de una película de Rambo que de Asumare.

Ese es el caso de tres jóvenes que crecieron en la violencia, la que los llevaría a formar parte del equipo de seguridad de uno de los miembros más conspicuos del CLAN, Ernesto Flores Vílchez. Dos de ellos pasaron por instrucción militar, lo que les permitió aprender a manejar armas cortas, escopetas y granadas, así como a no tener miedo a balas o explosiones. El tercero es hijo de un policía y su padre le enseñó también el manejo de diversas armas, esperando que siguiera sus pasos. Sin embargo, su camino tomó otro rumbo, similar al de decena de jóvenes que no encuentran mayor futuro en las calles de sus pueblos, y tampoco tienen dinero para seguir una carrera que les permita salir de la pobreza.

Los tres se conocieron una mañana, cuando escucharon que se estaba buscando jóvenes que quisieran ganar 50 soles por día para ir a cuidar las puertas de la azucarera Tumán. Para entonces algunos habían intentado dedicarse al corte de caña, pero el trabajo era demasiado duro y pagaban poco. Otros intentaron dedicarse a la venta de abarrotes, esperando seguir el camino de Flores Vilchez, que de simple pollero había pasado a convertirse en uno de los principales comercializadores de azúcar de Lambayeque. Sin embargo, la competencia era mucha y las ganancias pocas. Por eso, en esa chamba vieron una posibilidad para mostrar que podían sobresalir y hacer algo por sus vidas.

En principio la chamba era fácil. Junto con ellos había otros cien jóvenes, que se turnaban para impedir que alguien de Oviedo pasara de la puerta de la fábrica y se lleve el azúcar. Allí se dieron cuenta que los que tenían un arma  ganaban más y podía maltratar al resto. El asunto era cuando llegaban grupos de fuera para intentar entrar a la fábrica, ya que generalmente llegaban armados y con ganas de sangre. Allí la mayor parte de los guardianes se acobardaba y huía, quedando al frente solo los armados y los valientes.

Un día, les llegó el dato que dos trailers de Oviedo habían salido de Pomalca, resguardados por 3 combis llenas de policías, con dirección a Tumán para sacar azúcar. El jefe del grupo, conocido como Goyo, mandó a dos de ellos a la carretera para cerrarle el paso a los trailers, mientras que otro se quedó con el grupo que cuidaba la entrada. Este solo recuerda que cuando llegaron los camiones por un lado que no esperaban, la mayoría salió corriendo cuando la policía empezó a disparar y a lanzar bombas lacrimógenas. Los otros regresaron para apoyar pero solo encontraron el lugar envuelto en una nube irrespirable. Cuando la policía parecía ganar, de un momento a otro empezaron a oírse disparos atronadores que hicieron retroceder a los atacantes. Allí tuvieron su primer contacto con Los Zorros, la guardia de Flores Vílchez.

Este grupo estaba encabezado por el Zorro, mientras que Luchín era el segundo al mando, seguido de La Chira. Ese día todos portaban chaleco antibalas y una gran cantidad de armas de guerra. Zorro juntó a la gente que quedaba y les entregó armas a los que sabían manejarlas. Toda la noche estuvieron cruzando disparos, hasta que los trailers y la policía tuvieron que huir del lugar. Zorro estaba todo el tiempo en contacto con Flores Vilchez, pidiendo refuerzos y municiones, hasta que se logró controlar la situación. Gracias a su arrojo en este enfrentamiento, los invitaron a formar parte del grupo. Todos aceptaron.

La muerte de Arbulú Roca

A lo largo de los meses, los tres amigos se fueron integrando poco a poco a la dinámica de Los Zorros. El entrenamiento era fuerte y constante en esos años, ya que había mucho trabajo por hacer: desde cuidar la fábrica hasta encargarse de los opositores de Flores Vílchez y sus socios. Sin embargo, no todo era chamba: todos tenían un gusto por las armas, el trago y las mujeres. Flores Vílchez les daba todo el dinero que necesitaban para comprar armas, pero también para tenerlos contentos en sus cuarteles de Pucalá. Allí conocieron también a la única mujer del equipo, que llamaban Lorena, encargada de movilizar a la gente para las marchas y manifestaciones.

Al igual que Lorena, cada uno cumplía una función dentro del equipo. Algunos se encargaban de conseguir las armas mediante los contactos que tenían en la policía, incluyendo fusiles de guerra y municiones. La policía también les proporcionaba explosivos, que eran robados de las mineras cercanas. Otros se dedicaban al seguimiento y reglaje de los opositores, mientras algunos planificaban los enfrentamientos. Sin embargo, cuando llegaba la orden de una extorsión o asesinato Zorro preferí9a contratar a gente de fuera, porque eran demasiado conocidos para hacerlo sin ser descubiertos. Además, si bien Zorro era un tipo despiadado podía ser muy leal hacia quienes consideraba sus amigos, como lo demostró en el caso de Arbulú Roca.

Ellos recuerdan a Arbulú Roca desde cuando éste aún trabajaba para el CLAN, brindándole seguridad. Para algunos era un tipo brillante y conversador, y uno de los pocos que le podía hacer el pare a Ernesto Flores. Consideran que su error fue, sin embargo, alejarse de éste y tratar de denunciar los oscuros manejos que éste y Huancaruna hacían del dinero de Pucalá. Arbulú tenía documentos comprometedores sobre todos los socios del CLAN, y estaba dispuesto a hacerlos públicos. Pero lo que derramó el vaso para Flores Vílchez fue enterarse que Arbulú se había puesto del lado del Grupo Gloria para que tome las riendas de Pucalá; cuando se enteró de ello, ordenó al Zorro quitarle la seguridad que hasta entonces le brindaban.

Pocos días después, el Zorro les comunicó que Flores le había ordenado matar a Arbulú Roca, pero que él se había negado a cumplir esa orden por la amistad que le tenía. Sin embargo, como tampoco podía desafiar al jefe, decidieron armar algunos operativos para disuadirlo de denunciar al CLAN, pero eso no sirvió de nada.

Poco después, el Zorro llegó con una nueva noticia: cansado de los errores, Olivio Huancaruna había decidido contratar a un grupo de ex militares para liquidar a Arbulú Roca. Zorro fue a recogerlos al aeropuerto, para luego darles toda la información sobre el objetivo. También les dio los contactos para obtener las armas que necesitaban. Ellos solo se enteraron de lo ocurrido cuando salió en los noticieros. Sin embargo, al ver las imágenes Zorro solo atinó a decir que los que habían capturado como presuntos autores no habían sido, porque no reconocía a ninguno de ellos; además, las armas tampoco eran las que él les había conseguido.

Aparte de la muerte de Arbulú, ellos recuerdan que lo que le dio más coraje al Zorro fue enterarse que Flores y Huancaruna habían organizado una fiesta para celebrar la muerte de su amigo en uno de los mejores chifas de la ciudad. A esta fiesta acudieron además Maxs Ayora y Alex Minaya, entre otros de sus más allegados, comiendo y bebiendo toda la noche. Además, Huancaruna le había organizado una fiesta particular a su equipo de abogados, alquilando una casa en el barrio de Santa Victoria llena de chicas para Gino, Velásquez y Gutiérrez, conocidos como Los Abogados del Diablo.

La muerte de Zorro

Luego del asesinato de Arbulú Roca, Zorro empezó a entrenarlos con mayor rigor, tanto física como mentalmente. Empezó a compartir con ellos su experiencia en armas y sus ideas. Les dijo que debían estar preparados para cualquier eventualidad. Sin embargo, Zorro tenía también algo en mente. Molesto por la muerte de su amigo, le robó a Ernesto Flores un tráiler con 500 bolsas de azúcar. Este se enteró y los llamó en el acto, diciéndoles que se dejen de pendejadas porque detrás de él había gente mucho más pendeja que ellos, amenazándolos con disolver el equipo si volvían a robarle. Luego de ello, pensaron que las cosas quedarían allí, pero estaban equivocados.

 

Un sábado, luego de almorzar todos juntos, Zorro les dijo para ir a Chiclayo a seguir tomando, pero la mayoría estaba cansado y se fueron a sus casas. Entonces Zorro decidió irse a Chiclayo con los únicos que aceptaron: Luchín, Gato y Lorena. Al poco rato, uno de ellos escuchó por la radio que se había producido un terrible accidente en la carretera a Lambayeque con un tráiler de caña. Al poco tiempo recibió una llamada: el auto accidentado era el de Zorro. Llamó a los otros dos y se fueron a constatar lo ocurrido.  Allí algunos testigos les dijeron que una camioneta amarilla había estado persiguiendo al auto en medio de disparos, el que en su intento de huir chocó con el tráiler. Luego sus perseguidores se bajaron y comenzaron a golpear a los que seguían con vida, sacando a Zorro y llevándoselo lejos de allí.

Siguiendo el rastro de sangre, lograron encontrar el cuerpo del Zorro en medio de la caña, a varios metros de la carretera. Además de múltiples golpes, tenía un extraño orificio en la laringe. La prensa solo dijo que el auto se había estrellado por que el chofer había estado ebrio, y que Zorro había muerto porque se le había incrustado una panca de caña, pero ellos saben que no fue así. De los tres ocupantes, solo Luchín –quien manejaba el auto- logró sobrevivir, aunque se fue preso algunos meses. Esto causó la disolución del grupo, por lo menos por algunos meses.

El secuestro de Flores y la muerte de Luchín

Al poco tiempo de ser dado de alta, Luchín empezó a llamar a todos los miembros de los Zorros para formar un nuevo equipo, esta vez bajo su mando y a órdenes de Heriberto Montenegro, socio de Ernesto Flores y encargado de la administración de la Corporación Agraria Ucupe. Montenegro los necesitaba para mantener las cosas en calma en la azucarera, porque muchos parceleros contrataban matones para evitar que les quiten sus tierras.

Bajo el mando de Luchín, el equipo volvió a sus actividades de siempre. También volvieron los días de trago, comida y mujeres. Ellos recuerdan que en esta época hicieron la compra más grande de armas que habían visto: 200 fusiles maúser. Para ello los encargados de logística fueron a Batán Grande. Flores les dio el dinero y ellos las trajeron bien guardadas en unos camiones en la madriugada, sin que la policía los detuviera una sola vez. Luego las guardaron en su centro de operaciones, un almacén de azúcar que quedaba a unos metros del almacén de la fábrica Altomayo de Huancaruna.

Si bien las armas compradas eran operativas, su destino no era aumentar su fuerza de ataque: en realidad, Luchín las usaba para “sembrarlas” en las casas de los pobladores que iban a desalojar o que se enfrentaban a Flores o Montenegro. Con Luchín también se acostumbraba entrar a la fuerza a las casas y golpear y hasta torturar a las personas, especialmente a los delincuentes que se les enfrentaban. Fue en estos meses que se unió al grupo Pepe Clavijo, persona cercana a Montenegro y que hoy está tras las rejas en Challapalca por sus vínculos con La Gran Familia. Clavijo participaba de las juergas y se mostraba cercano a Luchín, con quien tenía algunos negocios que no los llevarían a nada bueno.

A fines del 2010, cuando las cosas parecían marchar bien, ocurrió un hecho que cambiaría nuevamente las cosas para Los Zorros: temprano en la llamada, los tres recibieron la llamada informándoles que Flores Vílchez había sido secuestrado. De inmediato llamaron a Luchín para enterarse mejor de lo ocurrido, pero éste solo atinó a decirles que unos colombianos se habían levantado al jefe y nadie sabía donde estaba. A ellos les pareció extraña su respuesta, porque sabían que Flores tenía contactos en Colombia y que era difícil que lo toquen. Sin embargo, se organizaron para investigar lo ocurrido y tratar de dar con el paradero del jefe, sin mayores resultados.

Tres días después, una nueva llamada les hizo saber que Flores Vílchez había sido liberado. Fue entonces que pudieron enterarse recién que La Gran Familia se había encargado del secuestro, en complicidad con Luchín y Clavijo. Al parecer, a Luchín le habían dado cerca de 200 mil soles para que diera el soplo, plata que debía compartir con Clavijo pero nunca le dio ni un sol, diciéndole que no le habían pagado. El juego además les resultó mal: no sabían que Flores tenía todo su dinero en el banco y que si lo movía iba a ser notorio. Además, se enteraron que la PNP había enviado un equipo especial para resolver el secuestro, así que llegaron a un arreglo con aquel: soltarlo a cambio de pagarles un cupo. A partir de allí, La Gran Familia no volvió a meterse con Ernesto Flores ni sus empresas.

Un mes después de lo ocurrido, ocurrió lo que algunos de ellos ya esperaban: Luchín fue encontrado muerto en su camioneta. Según les contó luego el chofer de Luchín, Gianfranco Vidarte, aquél había ido el día anterior a Ucupe a dejar unas canastas de navidad, y de allí se pasó a una fiesta cerca a la tranquera Santa Rosa, donde estuvo comiendo y tomando con algunos miembros de Los Zorros. Ya entrada la noche, había recibido una llamada de Clavijo pidiéndole reunirse con él, ya que quería hablarle de negocios. Luchín no quería ir pero Clavijo insistió. Cuando Luchín llegó al punto junto con Vidarte, Clavijo y otro conocido como Volvo se subieron a la camioneta. Allí empezaron a discutir por el dinero del secuestro y, de manera inesperada, Clavijo le disparó a Luchín por la espalda. Se produjo entonces un intercambio de disparos pero Clavijo logró huir en una moto lineal con el dinero de Luchín.

La muerte de Luchín fue publicada en el diario La República,[1] diciendo que Clavijo lo había asesinado por asuntos de dinero. Lo que no se publicó es que Clavijo había actuado por encargo de Ernesto Flores, quién no le perdonó haber dado el soplo para su secuestro. A pesar de ello los Zorros protegieron a Vidarte hasta que se recuperó, por orden de Montenegro. Con ello se cerró una nueva etapa de este equipo, el que nuevamente perdió a su líder por no cumplir con el implacable código de la mafia del CLAN.

El final de los Zorros y el asesinato de Cieza

Unos meses después, cuando todos pensaban que Los Zorros se habían disuelto por última vez, recibieron una llamada de Gianfranco Vidarte. Este quería rearmar al equipo para que vuelva a trabajar con Montenegro bajo su mando, pero muchos se negaron porque Vidarte solo había sido chofer y nunca había tenido un cargo de mando. Por ello, Montenegro tuvo que recurrir al tercero al mando, La Chira, para que se haga cargo del grupo. Sin embargo, el cuñado de Luchín, Miguel Soberón, se enfrentó a aquel y armó su propia guardia.

A Montenegro no le molestaba tener dos grupos para la seguridad de Ucupe; por el contrario, cada uno cumplía una función. Algunos se encargaban del cuidado de las instalaciones mientras que otros se encargaban de desalojar a los parceleros o de mantener a raya a los opositores de Montenegro. Montenegro les pagaba una cantidad y entre todos se hacía el reparto.

Así fueron pasando los meses, hasta que en mayo del 2012, un contingente policial ingresó a Ucupe bajo la dirección del fiscal de Cayaltí, Oscar Celis Zapata, y luego de una fuerte balacera detuvieron a los dos grupos de seguridad, incautándoles una gran cantidad de armamento incluyendo fusiles y explosivos. La captura fue mostrada a la prensa como un triunfo de la policía, pero ellos tienen otra versión: días atrás Flores y Montenegro se habían peleado, y Flores le propuso a La Chira pagarle 150 mil soles para que se vaya con su grupo y el equipo de seguridad de Huancaruna se haga cargo de Ucupe. Pero La Chira los cerró y Huancaruna les envió a la policía para deshacerse de ellos.

Con la disolución de Los Zorros cada uno tomó su camino: algunos empezaron a dedicarse a “chalequear” a otros empresarios mientras que otros intentaron caminos más seguros. Sin embargo, a inicios de 2015 se corrió la voz entre los ex integrantes de la guardia que había un trabajo fuerte por hacer y que iba a ser bien pagado: se necesitaba eliminar a una persona que estaba jodiendo al CLAN. Le pidió a un contacto suyo que averiguara bien y éste le dijo que estaban ofreciendo 200 mil soles por la muerte de esa persona, pero al momento de buscar mayor información supieron que este trabajaba para la SUNAT y que quería joder a los del CLAN.

Sin embargo, los tres se ríen cuando leen que la policía le echa la culpa a los hermanos Roncal de esa muerte: “Roncal ha sido siempre una marioneta de Flores y Huancaruna, no tiene los huevos para dar una orden así. Incluso una vez le cerraron la puerta de Pucalá por orden de los jefes y él no supo hacer nada. Los que nos daban siempre las órdenes eran Flores y Huancaruna”. Ellos están seguros que la orden de matar a Cieza vino de Flores, porque éste le pidió que vayan a conversar con él para ver si se hacían cargo del paquete. Uno de ellos recuerda que, cuando esperaba afuera, se apareció un tal Sánchez, alias “El Soli”, a hablar con Flores. Ellos saben que El Soli está vinculado a La Hermandad del Norte, porque lo conocieron el Ucupe cuando iba a venderle droga al grupo y a los trabajadores, por lo que están seguros que estos se encargaron de realizar el trabajo.

Un epílogo sin final

Estos testimonios, que resumen las actividades ilícitas del CLAN son, sin duda alguna, esclarecedores en muchos aspectos sobre el perfil criminal de este presunto grupo empresarial, y brindan indicios claros que deberán ser debidamente investigadas por la policía y el Ministerio Público. Sin embargo, los testimonios también dan cuenta que ambas instituciones se encuentran compradas por Flores y Huancaruna, permitiendo a sus equipos de “seguridad” actuar de manera impune.

Por otro lado, Ernesto Flores cuenta con un aliado de vital importancia para verse libre de cualquier investigación: su hermano Clemente Flores Vílchez, con quien vendía abarrotes en Tumán, es actualmente congresista de la República por el partido de gobierno, Peruanos por el Kambio. La manera en la que fue incluido en esta lista a pesar de los múltiples indicios que pesan sobre éste por sus vínculos por el narcotráfico es algo que debe ser aún esclarecido. Pero es claro que a éste no le va a convenir que su hermano pueda caer en la cárcel, dado que seguramente él correría la misma suerte.

Por ello, si bien el panorama no es propicio para conocer la verdad sobre estas muertes y llevar a la cárcel a los verdaderos culpables, el testimonio muestra la necesidad de que desde el Estado se ponga orden en la situación de las azucareras, cuya gestión parece encontrarse más en manos de delincuentes sin escrúpulos que en empresarios preocupados por el desarrollo del sector azucarero o de sus trabajadores. Esperemos que estos testimonios sean el inicio del fin de esta situación lamentable que hoy se vive en el norte del país.

[1] https://issuu.com/larepublica_peru/docs/edicion-norte-311210/20

Fernando Ophelan P. – Projusticia

Enero 2017